miércoles, marzo 3

Uno: Naturaleza muerta

Tanto en medio que ni siquiera voy a intentar remontar el tiempo de regreso. Algunas cosas simplemente estallan y despues uno se pasa la vida tratando de entender que carajo pasó, a donde están las piezas que componían el conjunto. Lo que no hay es muerte, no hay heridos y eso merece la mención. Exploto el sol, los arboles, el pavimento, el alcohol, las cumbres lejanas de los cerros, las vaginas antropofagas que vienen a mis sueños, la libertad y el horror.

Todo esta ahí, en alguna forma. Solo que surgiendo desde lugares autónomos. No hay cosmovisión, hay un reguero de objetos, hojalatas de mi alma y mi infancia, desparramados por entre las mosquetas ralas y las flores del amancay y los chochos.

Muchas cosas que consideraba elementos indispensables de mi humanidad se oxidan, indolentes, en el pasto. Y yo camino todavia. Algo afilado por el roce de la chatarra, la cabeza despuntada. Oyendo nada, como quien esta sumergido bajo el agua.

Acuarelas del verano

Regresado a la ciudad, con un manojo de impresiones escindidas. Ocultandolas de la maquina de hacer pasado, que acecha sin pudor desde las bocas de subterraneo o desde los ojos de una adolescente que pasa sentada en el 168, con destino a la Boca.
Hace calor y es verano y este verano plomizo amenaza con arrasar a ese otro verano, todavia caliente y agitandose a mi espalda.
No me resigno al futuro. Una imperativo de continuidad sostiene a estas acuarelas maltratadas. No se si la serie tendra sentido, ni siquiera se si tendra secuela. El caso es que la lluvia persistio y el color fue derramandose, las figuras que se adivinaban al principio se confudieron con el fondo, con el marco,con las paredes y el suelo. Ese reguero de agua colorida, que mancha mis zapatillas, es lo que me traje luego de dos meses y medio en el sur, en el Bolson, en Golondrinas, en Cholila.
Solo eso. Saludos che.

martes, noviembre 17

Cazamiento

Bajo la lluvia, atrofiados los sentidos.

En la avenida parece no haber contornos; todo es combustión, vidrieras y carteles multiformes repitiéndose como en espejos.

En la oficina de puerta vidriada antiséptica, un hombre y una mujer han contraído matrimonio, sendas firmas apalabran su amor. Arroz y cigarrillos se desparraman entre las baldosas.

La novia, discretamente blanca, camina sonriendo por la vereda bajo un paraguas gris. Una paloma alquitranada por el hollín de los motores mira con ojos plásticos, como dos botones diminutos. Se reflejan, ambas, en el universo paralelo de los charcos.

Los señores de riguroso saco, las damas de rigurosa sonrisa, las palomas esperando su migaja, su ración de arroz, todos se adormecen en sordina.

No hay viento que arrastre sus mascaras de arena, solo esta lluvia pertinaz que los apelmaza.

Un pibe, corriendo descalzo, pasa entre la gente. Los charcos explotan bajo las plantas de sus pies, tiene unos jeans azules cortados bajo las rodillas y la cabeza rapada. Corre, abriéndose camino entre el tumulto, por huellas que se cierran tras de sí.

Una niñita con un vestido rosa lo mira como quien ve visiones, los demás no pueden verlo. Aunque lo miran, sí, con ojos áridos.

Las palomas lo ven venir, inquietas. Lo ven saltar y deslizar de rodillas por al agua y cuando se dan cuenta de lo que pasa ya lo tienen encima. Algunas vuelan con desesperación, ciegas, pero es tarde: sus manos ya se cierran sobre una paloma ennegrecida, sobre sus plumas y sus pulgas y su carne. Sus ojitos, botoncitos, vacios de emoción, trepidan; los del pibe ríen, achinándose.

Con su presa segura, se levanta y corre hacia la esquina. Desde su lecho de goma espuma roída, otro pibe, otra cabeza rapada, se excita y ríe a su vez. Entre los dos meten la paloma en una caja de zapatos negra, la atan y la dejan en el fondo de su carro, junto a otras cajas de zapatos.

Se van, el más grande arrastrando el carro, el más chico en su butaca carcomida y la paloma en su caja negra de zapatillas adidas.

Los señores, las damas, todos murmuran; se oye una voz pastosa insuflada de indignación, un bigotito gris recortado con esmero: La inseguridad ha llegado al colmo, ni siquiera nuestras palomas se salvan.

viernes, octubre 30

stormy weather

Afuera era de noche. Las puertas del balcón se abrieron, un viento balbuceante agitaba las copas de las arboles.
N. estaba en la cocina, sentado a la mesa. Caminó hasta la habitación y bajó las persianas. Luego subió hasta la terraza preocupado por las sabanas y frazadas que había tendido más temprano, cuando un calor denso bajaba, vertical, desde lo alto.
Encontró solo una sabana azul tendida, flameando; en un rincón, apelmazado, había un cubrecama verde. Lo demás había volado. Se asomo y miró hacia la calle, hacia los arboles cercanos. Luego hacia el cielo.
La oscuridad era un tumulto de sombras superpuestas y luces opacas que refractaban sus espectros en una bóveda de vapor y hollín.
Hacia el este el cielo adquiría un tono azul turbio. No había luna y N. imaginó que desde el rio se deberían ver infinitas estrellas.
La tormenta avanzaba desde el oeste y el cielo se dividía justo por encima de su cabeza. Una serie de relámpagos partía la espesa masa de nubes, iluminando la terraza, los arboles, las sabanas. Nubes secas, o mejor, nubes de barro.
Tomó la sabana y el cubrecama y los extendió en el suelo. Se sentó con la espalda apoyada en la pared. Primero el relámpago, después el estallido, la bruma avanzaba hacia el río.
Pasaron unos minutos, después bajó. Fue hasta el balcón y entró la bicicleta de su hijo. Iba a llover en cualquier momento. Entre las ramas cercanas de un plátano vio una de sus sabanas azules, sacudida por las ráfagas. Intentó levantarla con el escobillón pero el viento la hizo caer al asfalto.
Bajó con pasos cortos y livianos la escalera y salió a la calle. Por primera vez en el día sintió frío, y le pareció que sus pies estaban desnudos y entonces vio que, en efecto, estaban desnudos. La sabana azul estaba en medio de la calle, cuando la levantó vio una de sus frazadas abollada en la vereda, justo bajo su ventana.
El policía que fingía vigilar la esquina de su edificio lo miraba con atención, víctima de un aburrimiento plomizo, sonreía. Vestía un chaleco naranja y una gorra azul. Sonreía, burlón. Entonces empezó a llover, durante un segundo fueron gotas volátiles, como chispas, luego algo pareció partirse y con un bramido sin luz cayeron chorros de lluvia tibia. N. levantó los ojos al cielo y vio sus frazadas colgando entre algunos cables y ramas. Volteó, el policía se mojaba solemnemente. Abrió la puerta y entró a la penumbra del edificio.

sábado, octubre 17

Con be de Becket

" Seguramente estabamos muertos, en un sentido impúdico. No literal, sino en ese estado casi catatónico en el que todo pasa a través de las membranas de la mente pero los actos solo repiten formulas gastadas, monótonas, dando como resultado una vida gris, sin atisbos de creatividad, menos aun de coherencia.
Como fuese, nos apelmazábamos en un sillón sintetico, verde. Unos cerca de los otros, pero sin contacto. Lo mas real de todo aquello era el sexo. Podia sobrevenir en cualquier momento, de improviso y ya estabamos desabrochándonos las braguetas.
Despues había silencios de variados matices. Las cabezas en su fuero interno abrían ventanas, miraban hacia algún lugar inabarcable. Estabamos muertos.
Tampoco pretendo presentar una distinción tajante con el estado actual de las cosas de tal modo que diga, ahora estamos vivos antes muertos. No es esa la intención. Solo deseo, merced a la distancia que media entre esos días y estos, ponerme frente a los hechos de manera critica con la secreta esperanza de comprenderlos. Solo eso al fin y al cabo. Eso y el placer que me produce el sonido del teclado de mi maquina de escribir bajo la presion de mis dedos. La introspección resulta un modo abstracto de la asfixia.
Estamos muertos.
Sin nada para decir, lo que equivale mas o menos a la misma cuestión… "

martes, septiembre 29

Un germen

Si las ideas e imagenes que el sigte texto esboza malamente hubiesen sido trabajadas con paciencia y esmero por parte de su autor, éste habria sido dedicado al amigo f.h.
Pero como aquello finalmente no ocurre y el texto resulta ser apenas un germen, un fragmento vago y carente de propositos concretos, ciertamente oblicuo a la hora de los bifes, el autor lo dedica al querido a.h., por las caracteristicas que los aúnan


Era un invierno descarnado, de dientes afilados y cristales ínfimos brillando en el césped. Todo se congelaba, incluso el agua del inodoro. A. tenía apenas algunos pesos en el bolsillo para comprar leña y la estiraba lo mas posible y padecía el frio en los huesos. Sus pies se calentaban solamente durante las más profundas horas de la noche, cuando todo su cuerpo se aplastaba bajo el peso de las mantas y frazadas que lo cubrían.
Le gustaba escribir, y el frio se ensañaba con sus dedos cuando dedicaba un par de horas a ordenar algunas frases sobre una hoja de papel. No era un escritor muy productivo, mayormente se destacaba por su capacidad de abandonar criaturas. Nunca volvía sobre hojas viejas, o rara vez, la mayoria de sus cuadernos terminaba en el fuego . A. no se detenía demasiado a revisar si lo que ardía valía la pena o no. Escribía para las llamas y por todo aplauso oía el crujir del ciprés partiéndose cuando las lenguas amarillas lo envolvían.
En un gesto arrebatado, mientras intuía la huella que lo llevaba hasta su casa sobre un manto ocre de agujas de pino, decidió que le iba a regalar un poema a ese amigo querido que estaba en vísperas de cumplir años. No tenia suficiente guita para una botella de vino, tampoco para un calzoncillo o para un libro usado.
Esa misma noche, mientras reescribía las palabras que el mismo había delineado meses atrás concibió la posibilidad de que las estrofas fueran fragmentos relativamente independientes, con un sentido propio y autónomo y que fuera dable un reordenamiento del poema según la voluntad del lector, en este caso su amigo S. Llamo a los fragmentos A, B y C, y dibujo un circulo en lápiz alrededor de cada uno.
El fragmento A comenzaba asi:

En la isla que me queda de aquel viaje
ha comenzado a llover,
y se anegaron, azuladas, las sombras de tus gestos


Era un poema que refería a un antiguo amor, probablemente. O algo similar a eso, sombrío de seguro. El poema era uno, era tres veces dos poemas y, en el fondo, no era nada. A. Se imaginó que de ese modo rescataría del olvido a esas líneas, tan pronto huérfanas, que guardaba en un cuaderno roído y sin tapas.
Por motivos que no recuerda, A. no consiguió hablar con su amigo acerca del poema. A pesar suyo, no pudo saber que impresión le había dejado su lectura. Sospechó del silencio, por supuesto, aunque es cierto que antes de que llegara el final del invierno se fue del pueblo y no tuvo demasiadas oportunidades de ver a su amigo y conversar.
Lejos de amedrentarse, A. siguió doblándose en otras mesas, otras noches, sobre hojas de papel desiertas. Pero al próximo cumpleaños al que fue invitado decidió llevar una damajuana de vino. El poema finalmente se le perdió durante un otoño de cuadernos arrojados al fuego.

Reinserción

Mucha
agua
ha corrido
bajo el puente.